linterna mágica. (4)


Como mi existencia es tan tristemente agradable, tan sin exigencias, tan tiernamente protegida, podía haberme convertido fácilmente en un paciente para el resto de mi vida. Nada es ya real o importante, nada inquietante o torturante. Me muevo con cuidado, todas las reacciones se retrasan o desaparecen, la sexualidad cesa, la vida es una elegía cantada bien adentro bajo alguna resonante bóveda por un coro de madrigalistas, el rosetón es una brasa y cuenta leyendas lejanas que ya no me atañen.
Una tarde le pregunto al medico si alguna vez en la vida ha curado a una sola persona. Reflexiona circunspecto y me contesta: “curar es una palabra muy seria”, después mueve la cabeza y me sonríe para animarme. Pasan minutos, días y semanas.
No se que es lo que me ayuda a salir de esta hermética seguridad. Le pido al medico que me traslade al hospital de Sophia por un periodo de prueba. Accede advirtiéndome, al mismo tiempo, con insistencia, que no deje la cura de valium demasiado abruptamente. Le doy las gracias por su amabilidad y atenciones, me despido de los otros enfermos y regalo un televisor color para nuestra sala de reunión.
Un día de finales de febrero me encuentro en una habitación cómoda y silenciosa del hospital de Sophia. La ventana da al jardín. Puedo ver la casa rectoral amarilla, la casa de mi infancia, allí en lo alto de la colina. Cada mañana paseo una hora por el parque. A mi lado va la sombra de un niño de ocho años; es a la vez estimulante y escalofriante.
Por lo demás, son unos días de violentos dolores. Como protesta contra las indicaciones del medico dejo de tomar valium y mogadon radicalmente. El efecto es inmediato. La angustia reprimida surge como la llama de un soplete, el insomnio es total, los demonios se encolerizan y creo que las explosiones interiores me van a hacer pedazos. Empiezo a leer periódicos, me entero de todo lo que se ha escrito durante mi ausencia, leo las cartas amables y no amables que se han ido amontonando, hablo con abogados, reanudo el contacto con amigos.
Esto no es valentía o desesperación sino instinto de conservación que, a pesar de, o mejor, gracias a la perdida de conciencia en la clínica psiquiatrica, ha tenido tiempo de concentrarse para ofrecer resistencia.
Me lanzo al ataque contra los demonios con un método que me ha funcionado bien en crisis anteriores: divido el día y la noche en unidades de tiempo determinadas y lleno cada una de ellas con una actividad o un momento de descanso establecidos de antemano. Sólo cumpliendo implacablemente mi programa, día y noche, puedo defender mi cerebro de unos dolores tan violentos que llegan a ser interesantes. En pocas palabras, recobro la costumbre de planificar minuciosamente mi vida y ponerla en escena.
Gracias a este programa consigo bastante pronto poner en orden mi yo profesional y puedo investigar con interés los dolores que están a punto de hacerme trizas. Comienzo a tomar notas y pronto me acerco a la casa rectoral de la colina. Una serena voz sostiene en alguna parte de mí que mi reacción por lo que me ocurre es exagerada y neurótica, que sorprendentemente he reaccionado con resignación y no con ira. Que a pesar de todo me he declarado culpable sin ser culpable, que ansío el castigo para, tan pronto como sea posible, obtener perdón y liberación. La voz se burla amablemente. Quien va a perdonarte? La administración tributaria nacional? El detective Karlsson con su camisa floreada y sus uñas sucias? Quien? Tus enemigos? Tus críticos? Te tiene que perdonar dios y darte la absolución? Que has pensado? Tienen que emitir un comunicado el rey o tal vez Olof Palme diciendo que has sido castigado, has pedido perdón y te lo han concedido? (mas tarde, en Paris, puse la televisión por pura casualidad. Allí estaba Olof Palme asegurando en perfecto francés que la historia de los impuestos se había exagerado demasiado, que no era un efecto de la política fiscal de la socialdemocracia, y que era amigo mío. Es ese instante lo desprecie.)
Una cólera sorda, aprisionada y enmudecida durante considerable tiempo comienza a moverse en los más oscuros pasillos. No voy a exagerar! Mi aspecto exterior es lamentable, estoy gruñón e irritable, acepto toda la ternura y las atenciones como una evidencia, pero me quejo como un niño mimado. En el fondo del programa y de la disciplina que me impongo, me siento perplejo y desamparado, no se un día lo que me va a deparar el siguiente. No puedo hacer planes con una semana de antelación. Que va a ser de mi vida, del trabajo en el teatro, en el cine? Que va a pasar con Cinematograph, la niña de mis ojos? Que va a ser de mis empleados?
Por las noches, cuando no tengo fuerzas para leer, hay un batallón de demonios dispuestos a atacarme. Por el día, en el fondo del orden palpable, reina un caos comparable al de una ciudad bombardeada.

1 comentario:

juanma dijo...

no habia pasado por alto esta parte del libro, pero a la vez si