Metí una moneda de diez centavos. El chaval empezó a apretar sus gatillos y yo los míos. El chico había elegido mal. El brazo izquierdo de su boxeador estaba roto y sólo se movía a medias. Nunca podría llegar a tocar el botón de la barbilla del mío. El chaval sólo disponía del brazo derecho. Decidí tomármelo con calma. Mi jugador tenía calzones azules. Le moví hacia adelante y atrás embistiendo súbitamente. El chaval siguió moviendo el brazo derecho de su hombrecillo de rojos calzones. De pronto calzones azules se cayó bruscamente produciendo un sonido metálico.
—Le di, señor —dijo el chaval.
—Ganaste —dije.
El chaval estaba excitado. Se quedó mirando al calzones azules tumbado sobre su culo.
—¿Quiere pelear otra vez, señor?
Hice una pausa, no sé por qué.
—¿Se quedó sin dinero, señor?
—Oh, no.
—Vale, entonces pelearemos.
Introduje otros diez centavos y calzones azules se puso en pie de un salto. El chaval empezó a apretar el gatillo del brazo derecho de su calzones rojos y éste movió y movió el brazo. Yo dejé que el mío permaneciera inmóvil un rato contemplando. Luego hice una seña con la cabeza al chaval e hice avanzar a calzones azules agitando sus dos brazos. Sentía que tenía que ganar. Me parecía muy importante. No sabía por qué era tan importante y seguí pensando: ¿por qué era tan importante?
Y otra parte de mí mismo respondió: sólo porque lo es.
Entonces calzones azules fue derribado de nuevo produciendo el mismo sonido metálico. Observé cómo yacía sobre su espalda encima de su pequeña esterilla de terciopelo verde.
Entonces me di la vuelta y salí.

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