Había algo que me divertía, hace mucho mucho tiempo, en una colina muy muy lejana, casi cercana a mi cama, pero aun, muy muy lejana.
Se trataba de sentarse a escribir de vez en cuando, cuando las ganas o la ansiedad rebalsen como balde de patio en tarde de lluvia.
Hoy es un día de esos. Hoy es un día de esos en los que el suelo miente descaradamente haciéndome sentir segura de que camino por acá o por allá. Si hay suelo, camino, si hay agua, bebo, si hay monedas, consumo y si hay bife, jugoso.
Y así fue como decidí meterme en el zoológico y al principio quise salir corriendo.
Pensé que no iba a poder, pero pude.
Todavía no se exactamente que es lo que pude, pero, si,
pude.
Y así pasaron las horas hasta que bajó el sol y yo sentí que había ganado otra guerra. Pude caminar por ahí, pisando el suelo que algún obrero construyo para que todos vayamos seguros de nuestros cuerpos, caminando por ahí, como si no pasara nada.
Es como tener un árbol dentro de la cabeza que quiere crecer, pero no puede salir, y el cráneo arde y duele como el parto que todavía no tuve.
Que va a pasar cuando me coma las manos, pensé.
Tengo sed, dije.

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