soñar, soñar


Cuanto tiempo podrá uno dormir estando vivo?, me pregunte, y no tarde demasiado en llevarlo a cabo como un experimento conmigo misma para ver que pasaba allá, en la otra realidad suspendida, la de los sueños.
Así empezó mi viaje.
El primer día, simplemente, al no tener nada que hacer, recosté mi cabeza en la almohada pasadas las dos de la tarde, y me despertó el teléfono luego de unas dos horas. Atendí y era mi padre que me pedía un favor de carácter burocrático. Nadie me iba a salvar la vida. No voy a volver a atender el teléfono.
Y dormí, y dormí, durante unas cuatro horas más. A la noche necesite la ayuda de unos calmantes que tenia en un frasco por si las dudas. Y así, hasta el otro día, en el que desperté a la mañana y era un día soleado y hermoso. Era tan hermoso que bajé la persiana y continúe durmiendo. Ni el hambre ni la necesidad de charla iban a sacarme de ahí, yo tenia que continuar con mi investigación, eso es todo lo que yo podía hacer con mis horas y con mi energía.
Era tanta mi energía, la recuerdo como si fuera hoy. Era la energía de un cachorro que quiere jugar todo el tiempo sin importar a que se juega, sin preguntarse nada, solo disfrutar porque se acaba la vida, solo disfrutar porque ahí viene el ocaso.
Y así fue como dormí por unos tres días seguidos. Reconozco que bebí agua y comí alguna que otra galletita con queso. Esta bien, si, hice trampa tal vez, ni siquiera le había puesto reglas a este juego,
mi juego.
El tercer día a la noche soñé con pizzas de muzarella. Miles de pizzas, volando, como ovnis, en el horizonte de rucula de algún barrio de la matanza. También soñé con paul mc cartney y con algunas inundaciones que se llevaban mi casa y demases pertenencias.
Visite varios lugares. Estuve en Europa de día y de noche, hablé con perros, destornille sillones, baile en una murga de Boedo y creo que comí zapato en una terraza del microcentro.
Ya para el cuarto día las cosas habían dejado de ser lo que yo creí alguna vez que eran.
Cuando me levante de la cama para beber un poco de líquido me di cuenta de que el piso de madera se había convertido en lago.
Y así me fui de la cama al baño, flotando de espalda, como a mí me gusta, porque así se puede ver el cielo, y el cielo todavía me agrada, por más absurdo que sea en ocasiones como estas. Me agarre fuerte de la cortina del baño y con ella me hice una malla de dos piezas, me unte bronceador, y afuera nevaba.
Tenía hambre y aun conservaba esa energía que alguna vez hubiese querido desechar como papel higiénico por el inodoro.
Me hice un paty y me llamaron por teléfono.
Atendí.
Eran los muchachos del trabajo.
Debía despachar mil cajas a Taiwán.
El sueldo era pobre y mezquino, pero me daba algo que hacer.
Y así fue como cambie mi experimento por sellos de goma.
Y así fue como la cama se convirtió en agujero para siempre.

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