Era la una pasada cuando mi padre entro dando tumbos en el bungalow. Encendió la fea lampara redonda que colgaba del techo, dejo la puerta abierta, fue derecho a la cama y se desplomo en ella. Al cabo de treinta segundos dormía como un tronco, con la boca abierta, respirando ruidosamente. Cerré la puerta, lo desnude y lo cubrí con las mantas. Ya habia apagado la luz y vuelto al sofá cuando lo oi quejarse: - Mamma mia, mamma mia...
Se puso a sollozar. Que forma de dormirse era aquella, llamando a su madre? Por un momento creí que no callaría jamas. Me puso los nervios de punta. Yo no sabia nada de su madre. Llevaba muerta mas de sesenta años y había fallecido en Italia, cuando mi padre estaba en Estados Unidos, pero el viejo seguía evocandola en sueños como si dormido estuviera mas cerca de ella, como si vagara perdido y la llamara llorando.
Yo me tiraba de los pelos y pensaba. Basta, padre, estas borracho y lleno de compasión por ti mismo, debes parar, no tienes derecho a llorar, eres mi padre y el derecho a las lagrimas es de mi mujer y mis hijos, de mi madre, porque me resulta escandaloso que llores, me humilla, y tu dolor me matara, no puedo soportar tu dolor, no lo quiero, porque ya tengo bastante con el mío. Habra mas dolor para mi, pero nunca llorare delante de otros, seré fuerte y afrontare mis últimos días sin lagrimas, anciano. Necesito tu vida y no tu muerte, tu alegría y no tu desanimo.
Entonces también yo me eche a llorar, me levante, me acerque a el. Apoye su flácida cabeza en mis brazos (como había visto hacer a mi madre), le quite las lagrimas con la punta de la sabana, lo mecí como a un niño y no tardo en dejar de llorar; lo puse suavemente sobre la almohada y durmió en silencio.
(John Fante, La hermandad de la uva.)

No hay comentarios: