Con dolor de contrición me esforcé por afrontar la prueba de obtener perdón. Pero ¿de quién? ¿De Dios, de Jesucristo? Dios y Jesús eran mitos en los que había creído antaño, y ahora eran creencias que en mi sentir eran mitos. Tenemos el mar por un lado, a Arturo Bandini por el otro, el mar es auténtico y Arturo cree que es auténtico. Pero si me pongo de espaldas al mar, sólo veo tierra; camino sin parar y el horizonte de la tierra se dilata hasta el infinito. Un año, cinco años, diez años y sigo sin ver el mar. Y me digo: pero ¿qué le ha ocurrido al mar? Y me respondo: el mar está más allá, en los penetrales de la memoria. El mar es un mito. Nunca ha existido el mar. Y sin embargo sí ha existido. Puedo afirmarlo porque nací a orillas del mar. ¡Me he bañado en el agua del mar! Me dio de comer, me proporcionó paz, y sus distancias fabulosas alimentaron mis fantasías. No, Arturo, el mar no ha existido nunca. Tienes fantasías y deseos, pero sigues caminando por el desierto. Nunca volverás a ver el mar. Es un mito en el que creíste antaño. En fin, no puedo por menos de sonreírme, porque la sal del océano me corre por las venas, y podrá haber diez mil rutas terrestres, pero nunca me confundirán, porque la sangre de mi corazón volverá siempre a sus preciosos orígenes.

¿Qué hacer entonces? ¿Elevar la boca al cielo para parlotear y balbucir con una lengua asustada? ¿Descubrirme el pecho y golpeármelo como un tambor resonante para llamar la atención de mi Salvador? ¿No es más lógico y conveniente justificarme y seguir andando? Pero habría desorientaciones, habría anhelos; habría soledad, no tendría más que lágrimas, pajarillos húmedos del consuelo, aunque también belleza, una belleza semejante al amor de una muchacha difunta. Y risas también, risas contenidas, y silenciosas esperas nocturnas, y un temor subrepticio a la noche, cual si se tratase del beso pródigo y burlón de la muerte. Y llegará la noche, y los dulces óleos de las playas de mi océano que derramaron en mis sentidos los capitanes a quienes abandoné en la fogosidad soñadora de la juventud. Pero todo ello me será perdonado, y otras cosas también, Vera Rivken, el batir incesante de las alas de Voltaire, el haberme detenido a escuchar y contemplar a este pájaro fascinante, todo me será perdonado cuando vuelva a mi patria por mar.

John Fante - Pregúntale al polvo.

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